Cuando Nancy vino a Carmona

Retrato Ramón J. Sender © Carles Fontserè.

La tesis de Nancy y Réquiem por un campesino español sin duda son las obras más conocidas de Ramón J. Sender y aunque entre ambas novelas existe la distancia que separa la tragedia de la comedia, las dos tienen en común el retrato de una sociedad asfixiada por sus tradiciones y que vive a golpe de tópico impuesto: por un lado ese árido fatalismo mesetario que convierte la vida en una penitencia abrumadora (que algunos intelectuales hoy bastante olvidados quisieron vender como esencia motriz de la hispanidad); y por otro el vitalismo despreocupado y bufonesco del Sur, tan encantador y chispeante, tan colorido y deslumbrante a veces, que solo sirve para causar admiración pero no para ser tomado en serio. Si el primero de estos tópicos ejerce una suerte de atracción compasiva (y no utilizo el término “compasión” en el sentido de “lástima” sino en el de compartir el sentimiento del prójimo, porque la palabra “empatía” me parece un poco banal para este caso y además últimamente está muy trillada), el segundo marca una frontera difusa que siempre acaba dejando fuera de juego al foráneo como simple espectador curioso y divertido, en el mejor de los casos, y confuso y chasqueado en el peor.

Sender ha utilizado de forma magistral estos dos tópicos en las novelas aludidas y a mi parecer lo ha hecho con una finísima ironía, esa ironía que obliga a un distanciamiento muy bien medido para no caer, en La tesis de Nancy, en la humorada y el sarcasmo con los que nos suelen ver a los “graciosos” andaluces; ni en la sensiblería ideológica y maniquea en el caso del Réquiem; el justo distanciamiento para no pecar de inelegancia en una ni de frialdad en el otro. Ese distanciamiento que tal vez sea más difícil en el Réquiem -puesto que está contado desde el punto de vista del narrador omnisciente- se basa en su protagonista vicario Mosén Millán, el cura que ha oficiado todos los ritos de paso de Paco el del Molino, el difunto que pesa como una losa de granito sobre su conciencia de hombre bueno en la medida en que la mediocridad moral tiende a modelar personas que son buenas por pura inercia, por pura pereza para el mal, pero cuya torpeza puede desencadenar auténticas tragedias. El distanciamiento (también en buena parte obligado por la censura), llega al punto de ni siquiera identificar con su nombre al grupo de ejecutores de Paco y que visto con los ojos perplejos de los vecinos no es más que un puñado de señoritos de ciudad, matones de comunión diaria y cantos triunfales brazo en alto. El hecho de que a lo largo de todo el relato las campanas no dejen de doblar y que nadie se presente a la misa, que solo los dos enemigos declarados de Paco, sin saberse porqué, asistan a ella y el caballo de éste cruzando la iglesia como aquel que Picasso pintara en el Guernika, no solo hace que la narración fluctúe entre la realidad y la fantasmagoría añadiéndole un inconfundible sabor a realismo mágico sudamericano, sino que desvíe sutilmente el tema de lo que en principio podría ser la historia de un represaliado de la Guerra Civil hacia la refinada metáfora de la conciencia desahuciada del cura. El autor no parece que quiera estimular la empatía del lector con la víctima, sino que desde la distancia señala a los traidores con toda su carga de miserias circunstanciales.

La distancia narrativa es una de esas herramientas cuyo uso no importa que se perciba en la obra. De hecho cuando está bien utilizada es casi placentero apreciar su huella en la textura del relato. Las marcas que deja pueden indicar caminos alternativos hacia otras interpretaciones y nos dice mucho de la habilidad y las intenciones del autor. Vean por ejemplo Cumbres Borrascosas en la que la autora cuenta lo que un personaje cuenta que le contaron. Con tanta barrera de por medio uno llega a olvidarse de que detrás de esa tenebrosa historia de incesto, violencia y pasiones desquiciadas está la pluma de la señorita Emily Brontë; la hija de un estricto clérigo protestante educada para ser institutriz de los tiernos vástagos de familias acomodadas. De haberla narrado desde el punto de vista omnisciente, seguramente no hubiese podido ocultar lagunas en temas tan esenciales como el de la torturada sexualidad de sus personajes (ella murió en la flor de la juventud y, presumiblemente, virgen). Así, narrando de “oídas”, pudo conservar toda la densidad del deseo rugiendo como un monstruo asesino desde lo más profundo de la carne y el alma. Incluso fue más allá: convirtió la brutalidad en un bello misterio.

Pero como siempre me ocurre me he perdido en digresiones pues no es de estos libros de lo que quería hablarles. Para mí, escribir sobre algo que leí hace mucho tiempo es como un regreso a Itaca en el que no puedo olvidar a los Cíclopes y Calipsos que me he ido encontrando por el camino. Y por otro lado, dicho sea en honor a la verdad, la breve estancia de Nancy en Carmona tampoco da como para un artículo con toda la barba. Que La tesis de Nancy es una novela encantadora está claro. Que podría leerla incluso un estudiante de bachillerato con alergia al papel impreso sin temor a un riesgo serio, también. Que desde luego no es una obra que llegue a formar parte de las cien mejores novelas en lengua española desde la creación del mundo hasta nuestros días pues… también. Pero esto último es algo que no tiene demasiada importancia puesto que entre los cien mejores textos de la literatura universal siempre cuelan algo de Hemingway que en mi humilde opinión está muy sobrevalorado. Por lo demás es aconsejable leer esta novela o cualquier otra antes de que los paladines de lo políticamente correcto por un lado y los abogados cristianos por otro la condenen al nuevo Index laico que con el tiempo nos dejará sin nada que leer.

Y ahora volvamos al tema principal porque ésto lleva camino de convertirse en una imitación de Vida y opiniones del caballero Tristram Shandy. Si he comparado la Tesis con el Réquiem es porque en cierto modo son dos obras que forman un paréntesis temporal en el que se encierra la sociedad española de la posguerra. El Réquiem nos muestra la cara más cruel del nuevo status quo y bosqueja una sociedad que sólo puede expresarse mediante el silencio, que rechaza la injusticia con el extraño mecanismo de no darse por enterada de la historia oficial mientras que a la vez teje la leyenda de los hechos tal como todos en el pueblo dicen que fueron (el monaguillo se pasa toda la novela canturreando por lo bajo el romance de la muerte de Paco), creando así un folclore “underground” que inspiraría tiempo después a notables cantautores. En cambio, La tesis de Nancy, publicada en 1962, nos muestra una sociedad que aunque esencialmente sigue siendo la misma ya empieza a darse un respiro; tal vez engañoso pero un pequeño respiro alentado por un régimen que ha descubierto el gran futuro del turismo. Sol, playa y flamenco de pacotilla no lucen tan bien con el telón de fondo de una dictadura adusta y radical. Si los europeos ya estaban acudiendo a lucir sus desvergüenzas frente al mar y los americanos más finos se internaban en la España profunda en busca de la mística del Quijote y de paso a la caza de Grecos y otras chucherías antiguas a precio de ganga, es que la cosa no andaría tan mal ¿no? De manera que cuando Nancy vino a Carmona, incluso los españoles ya estabamos interiorizando el mantra Spain is diferent con el cual todas las contradicciones revelaban su naturaleza ilusoria y alcanzaban la paz los espíritus más atormentados. Había que ser muy cenizo para descubrir que el alegre lema publicitario no era más que una puesta al día de la vieja retórica místico-racial que ya en Europa había quedado sepultada (junto con los nacionalismos patológicos), bajo los escombros de la guerra pero que en España se perpetuaba como esos ancianos chocheantes que siempre tienen que dar la nota en las fiestas familiares. “España es diferente”. “Que inventen ellos”. “En realidad nos tienen envidia” (¿?) Y así tantos lemas y sentencias igualmente absurdos que acaban conformando una realidad espuria en la que apenas podía saberse qué había sido segregado por la sociedad o inoculado en ella. ¿Qué podía hacer la pobre Nancy ante una sociedad así? Pues simplemente lo que hizo: dejarse llevar, confiar en la curiosidad, sentirse unas veces atraída y otras indignada, pero siempre perpleja.

La Tesis de Nancy
La Tesis de Nancy

En esta novela Sender, al optar por el punto de vista del personaje, se aleja de lo que sería una crítica personal a una parte muy concreta de la población española. Si bien siempre se ha considerado legítima la crítica y la sátira de las distintas clases sociales aunque hayan levantado ronchas en sus destinatarios, hay algo muy poco elegante en la sátira que se dirige no a una clase social sino a todos los habitantes de un lugar. Basta recordar esos estereotipos de los cómicos y guionistas que basaban sus parodias en el habla de los andaluces o en los pueblerinos que van a Madrid por primera vez y que durante varias décadas fue el plato de obligada presencia en las comedias de sal gorda. El comportamiento se elige, la idiosincrasia se mama. No es lo mismo la ridícula vanidad de un nuevo rico que el carácter que imprime el lugar de nacimiento. Una cosa es cargar las tintas sobre un personaje inventado y otra generalizar, y lo que es tolerable en una conversación intrascendente está fuera de lugar en una obra literaria. Por lo tanto, no creo equivocarme si digo que la intención de Sender en esta novela no era hacer un retrato jocoso de la sociedad andaluza sino una crítica sesgada del régimen que estaba explotando el tópico andaluz para vender al extranjero la imagen de una España feliz y despreocupada pero en la que el chiste continuo y el ingenio callejero no hacían otra cosa que poner en evidencia toda la basura escondida bajo la alfombra. Por alguna extraña razón el vitalismo y una cierta alegría suicida florecen en las sociedades hambrientas mientras que las sociedades ricas tienden a padecer de estreñimiento y úlcera de estómago.

Cuando un escritor habla en primera persona corre demasiados riesgos, entre otras cosas porque solemos atribuir a la palabra escrita el valor de una transcripción exacta del pensamiento y lo cierto es que cuando pensamos no tenemos que darnos tantas explicaciones. Sería una gran desgracia tener malentendidos con nosotros mismos. Afortunadamente, cuando pensamos en la lista de la compra no tenemos que hacerlo en términos artísticos. Pero muchos lectores piensan justo lo contrario, por eso cuando Jonathan Swift publicó en la prensa una receta para cocinar niños recién nacidos, todas las buenas personas de Londres que sabían leer casi se mueren de un ataque de indignación, por lo que seguramente el gotoso maestro del humor negro pensó que era mejor situar sus humoradas en un país imaginario y narrarlas como las memorias imaginarias de un viajero imaginario al que ninguno de sus piadosos vecinos imaginarios creía. Y ahí lo tienen. ¿Quien en su su infancia no ha leído la versión debidamente espulgada y resumida de Los viajes de Gulliver?

Si Thomas de Quincey no se hubiese inventado su club imaginario de conferenciantes excéntricos, esa cumbre de la ironía y el humor bizarro que es Del asesinato considerado como una de las bellas artes hubiese corrido la misma suerte que las novelas del Marqués de Sade, execradas incluso en el libertino siglo XVIII simplemente porque el autor se tomaba demasiado en serio a sí mismo y no soportaba (o no sabía) distanciarse de sus relatos. Una dosis de buen humor las hubiese salvado de la condena general aunque no compartiesen estantería con los cuentos de Perrault o los sermones de Bossuet en la biblioteca de una casa en la que los niños andan tocándolo todo.

No hace falta que me adviertan que he vuelto a irme por las ramas. Soy consciente de ello y no me importa en absoluto. Siempre he pensado que escribir no es largar un hilo por la punta de los dedos sino tejer una verdadera tela de araña en la que ir atrapando ideas. Y una de esas ideas es que la forma más adecuada que encontró Sender para exponer su crítica de la España en los inicios de la explosión del turismo, sin ofender en particular a ninguna región española, fue la de poner en la pluma de un personaje aventuras y opiniones que, al menos en apariencia, son ajenas al autor. Es más, ese personaje es una extranjera que llega sin ideas preconcebidas como así deja entrever en los primeros párrafos de la carta (porque es una novela epistolar) que, recién llegada de América, dirige a su amiga. En esa primera carta, los titubeos expresados con puntos suspensivos nos hablan de alguien que no sabe nada del lugar al que ha llegado, que lo tiene todo por descubrir pero que a la vez sospecha que no va a entender muchas cosas. La reticencia a expresar opiniones concluyentes, la cautela y en muchas ocasiones la clara confesión de su ignorancia, la ponen a salvo de mirar a los autóctonos con la superioridad desdeñosa con que lo hicieron muchos viajeros ilustres en el pasado que saltaban sin solución de continuidad de la admiración, cuando lo pintoresco se ajustaba a las estampas coloreadas de los exquisitos álbumes que ojeaban en sus países de origen, al más descarado desprecio cuando el tópico dejaba de surtir efecto (me viene a la memoria Viajes a España de Prosper Mérimée). En este sentido, el personaje que hace el contrapunto de Nancy y es a su manera la heredera de aquel desdén decimonónico, es Mrs. Dawson, la desgarbada, autoritaria y seca escocesa que no sólo no comprende nunca nada sino que además no le interesa nada que se aleje el grueso de un cabello de sus prejuicios. Ella como nadie representa el estado puro del “malange” y es el paradigma de esos viajeros quejosos y amargados que viajan sólo para convencerse de que nada es comparable a su país y mejor aún que su país, su propia casa. Nancy tiene la honradez de no enjuiciar lo que no comprende, en cambio Mrs. Dawson no duda ni un instante en emitir su opinión negativa sobre cualquier cosa que se encuentre a dos metros de distancia de la costa inglesa. Aún así lleva algún tiempo viviendo en España; en Alcalá de Guadaíra; mas, por lo que podemos deducir, a ella lo único que le interesa de Andalucía son las viejas piedras y las obras de arte con las que poder olvidarse de ese tremendo inconveniente que son los andaluces. Su interés no es tanto cultural como una necesidad de consumidora compulsiva de recomendaciones de guía de viaje y visita los monumentos y las ruinas con la actitud de una gobernanta de balneario inspeccionando el estado de las sábanas. En cierto modo prefigura a ese tipo de mujer que actualmente se conoce en las redes y foros de Internet como una “Karen”.

No cabe duda de que la función de este personaje es la de propiciar situaciones ridículas que a la propia Nancy la hacen ufanarse de su postura “científica” incluso cuando muchas de sus deducciones no son precisamente como para darle el Premio Nobel y además comete continuamente uno de los mayores errores que un científico puede cometer que es el de establecer vínculos emocionales con el sujeto de su estudio; de manera que poco a poco va pasando de antropóloga con una impostada seguridad en sí misma a “guiri” fascinada. Casi sin darse cuenta llega a un punto en el que su única motivación científica y obsesiva es descubrir el significado del “paripé”, ese término tan escurridizo y misterioso que para ella es casi el Santo Grial de la cultura andaluza que nosotros utilizamos en tan variados y contradictorios contextos y que, aún entendiéndolo, encontraríamos las mismas dificultades para explicarlo que un mitólogo para describir con exactitud qué son el Grial, el Sampo, el Soma o la Égida.

Si la obsesión de Nancy es el “paripé”, la de Mrs. Dawson es el “herculito”, lo que ella cree que es una pequeña estatuilla de Hércules guardada en algún museo, colección o yacimiento arqueológico y que en realidad no es más que una flamenca tomadura de pelo alusiva a esa parte del cuerpo que colocamos en la silla cuando nos sentamos. Como no podía ser menos, también en Carmona prueba suerte y le pide al guía de la Necrópolis que le enseñe “herculito”, por si ese objeto místico de sus desvelos se encontrase aquí. Para entonces, Nancy ya ha descubierto que el habla andaluza puede jugar malas pasadas y crear salaces equívocos, pero intentar explicárselo a Mrs. Dawson, acorazada en su invicta extranjeridad, es tan inútil como lavarle los pies a un borrico.

En realidad, la corta visita de Nancy a la Necrópolis de Carmona no aporta gran cosa al relato aparte de unas cuantas pinceladas costumbristas y de poner en ridículo una vez más a la encorsetada escocesa. Se nota a la legua que el propio Sender nunca estuvo aquí y que la documentación que utilizó para construir la escena estaba desactualizada. Es difícil pensar que, de haber conocido personalmente la Necrópolis, le pasase desapercibida la esotérica, la misteriosa Tumba del Elefante y que en cambio hable de alguna tumba que ya en la época en la que Sender pudo haber venido era imposible visitar por diversas razones en las que no entraremos.

Que yo sepa con seguridad, Sender viajó a Andalucía y concretamente a la provincia de Cádiz para investigar la matanza de Casas Viejas que recoge en su libro-reportaje Viaje a la aldea del crimen, publicado en 1934 y que para algunos historiadores fue el desencadenante de la dimisión del entonces presidente de la República Manuel Hazaña. Dado que ese libro no ha vuelto a reeditarse hasta hace poco y no he podido encontrar ningún ejemplar del mismo, ignoro si en él hay alusiones a otros lugares de Andalucía que demuestren su paso por ellos. Poco después vino la guerra y el exilio en Estados Unidos. Allí fue nombrado en 1943 miembro correspondiente de la Hispanic Society of America y no creo correr mucho riesgo de equivocarme si digo que la documentación para la ficticia visita de Nancy procede de los archivos de esa sociedad a la que Bonsor, arqueólogo y descubridor de la Necrópolis, estaba tan vinculado.

Como suele ocurrir en estos casos en los que un autor sitúa a su personaje en un lugar que no conoce personalmente, las impresiones del personaje tienden a ser un poco deslavazadas y carentes de entusiasmo o en todo caso expresan un entusiasmo estereotipado y poco comprometedor. Tal ocurre con la breve estancia de Nancy en Carmona, que una vez agotados la breve enumeración de tumbas “visitadas” y el reiterado chiste de “herculito”, no tiene otro recurso anecdótico que el cruce de puyas entre el taxista que ha traído a las turistas y el golfo que merodea en la puerta del recinto. Un duelo demasiado artificial en el que de manera poco creíble sale vencedor el niño, pues ningún taxista nacido de mujer se rendiría sin condiciones ante un mocoso listillo que acaba de llamarle hijo de la gran… ésa que ustedes saben. De esta manera tan poco airosa, desde el punto de vista literario, regresan a Alcalá de Guadaíra, la americana a seguir escribiendo innumerables fichas sobre el enigmático “paripé”, y la escocesa a alguna de esas actividades intrascendentes que su carácter cuadriculado hace ineludibles. Tal vez a cometer la “malajada” de trasvasar la manzanilla de la botella a un termo para el pícnic cultural del día siguiente.

Ya les advertí que tenía poco que contarles sobre el paso de Nancy por la Necrópolis de Carmona pero en cambio espero haberles compensado con algunas sugerencias de lectura que sin duda enriquecerán su conversación la próxima vez que se encuentren con sus amigos, si es que la extenuante tarea de atender a las redes sociales se lo permite.

Antonio Laula, noviembre de 2021

Fuente foto: www.iea.es Ramón J. Sender, Los Ángeles, 1968