Jorge Bonsor, el pintor inglés

Ver Galería 19 fotos

Jorge Bonsor, o de cómo “el pintor inglés” se dio una vuelta por Carmona y acabó quedándose en estas tierras.

George Edward Bonsor nació el 30 de marzo de 1855 en Ille, Francia, durante el reinado de Napoleón III. Era hijo de un ingeniero industrial inglés, James Bonsor, de Nottingham, y de la francesa Pauline Marie Leonie Saint Martin que murió unos meses después a consecuencia del parto.

Un padre viudo que se ve obligado a viajar continuamente se enfrenta a un dilema de no escasa gravedad: o deja al tierno vástago a merced de niñeras, preceptores y tías solteronas y así se convierte en el futuro interlocutor de una tensa y rencorosa incomunicación; o bien se lleva al niño con él asumiendo con valentía y audacia los inconvenientes que esta decisión añade a la vida nómada; aún cuando ésta se vea muy aliviada por todas las comodidades de la vida burguesa. El Sr. Bonsor padre tomó quizás la decisión más acertada y con ello añadió a la ya cuidada educación de su hijo, que no era otra que la propia de un miembro de la alta burguesía, el complemento de una cultura cosmopolita adquirida en el ir y venir por Europa y en su paso por diversos liceos de Inglaterra, Bélgica, Francia y Rusia. Ni que decir tiene que esta circunstancia no sólo desarrolla en el muchacho su curiosidad y un especial sentido de la observación, sino que también le proporciona una experiencia lingüística que posteriormente sería de capital importancia a la hora de acceder a la información especializada sobre distintas materias y más en concreto a la relacionada con la historia y la arqueología.

Bonsor retratado por el fotógrafo Pinzón

Llegado el momento de elegir una carrera, George, por motivos que sólo a él concernían pero que seguramente participó por extenso al Sr. Bonsor padre, opta por las Bellas Artes. Cuál fue la reacción de un padre ingeniero hijo a su vez de otro ingeniero al constatar que ahí quedaba truncado el breve linaje de su familia con las ciencias aplicadas es un secreto que se quedó en el hotel, o el parque, o el restaurante en el que tuvo lugar esta escena. Por lo demás, su linaje también quedaría truncado en otro sentido, pero si alguna vez tuvo pretensiones al respecto, afortunadamente nunca
llegó a saberlo. Lo cierto es que el hecho de que el joven George cursara en la escuela de Bellas Artes de South Kensington de Londres y en la Academia Real de Bellas Artes de Bruselas en la que recibió un premio como artista arqueólogo (pues, en la época, la arqueología formaba parte de las disciplinas artísticas y románticas), pone de manifiesto la nunca suficientemente ponderada virtud de esos padres que no se obstinan en que el hijo sea, por ejemplo, el desdichado continuador de una larga saga de notarios.

Esta formación en la pintura llegaría a serle de gran utilidad en sus posteriores actividades arqueológicas ya que la descripción de las estructuras y materiales encontrados se basaba en un minucioso dibujo técnico de las mismas. La fotografía, por entonces, todavía era una herramienta engorrosa y poco asequible que sólo se utilizaba de manera excepcional y, como el mismo Bonsor comentaba en sus escritos con un tono muy vehemente, como un simple medio para completar la información visual en caso de que las habilidades artísticas del excavador no diesen para más. Llega a afirmar incluso que ningún arqueólogo que no fuese capaz de transcribir visualmente los hallazgos debería cometer el “crimen” de excavar un yacimiento.

Dibujo de Bonsor de las cerámicas encontradas en el yacimiento del dolmen de Bencarrón

La carrera estrictamente pictórica de Bonsor fue corta, pues enseguida y a conseuencia de su primera estancia en Carmona, deriva su interés hacia la arqueología, actividad que convierte en la finalidad de su vida y por la que ha pasado a la historia. En su escasa obra conservada se aprecia su inclinación al realismo descriptivo propio de la época; pero un realismo sin idealizaciones más interesado en el aspecto antropológico y objetivo del medio observado que en el muy apreciado estereotipo costumbrista de esa España de pandereta que todavía se empeñaban en difundir y apoyar unos pintores y un público instalados en los despojos del romanticismo.

De 1880 a 1881, Bonsor realiza su primer viaje a España siguiendo la costumbre de los jóvenes acomodados de completar su educación con el llamado Grand Tour, un periplo del que nuestros actuales viajes de estudios son un pálido y bastante pobre reflejo. Este Grand Tour que solía tener a Italia como principal destino, con el desarrollo de los nuevos medios de transporte y comunicación se va ampliando a otras zonas del Viejo Continente; entre ellas España, que ya ha dejado de ser esa terra incognita poblada de bandoleros y otros exquisitos peligros solo aptos para aventureros avezados y un poco charlatanes.

Por consejo de su padre que ya había estado aquí en 1845, Bonsor llega a Carmona y narra su primer contacto con estas palabras:

“Esta mañana tenía intención de visitar Carmona. El sereno ha venido a despertarme a las cinco. Ha entrado en mi habitación con su linterna y su lanza y ha encendido mi lámpara. Entonces he ido a la estación de Córdoba, pero allí me han dicho que debía partir inmediata mente hacia la otra estación, la de Cádiz; pero he llegado demasiado tarde. He ido entonces a pasear por la ciudad y he salido en el tren de las 10.40 por la estación de Córdoba. Por esta línea hay que transbordar en Guadajoz y son dos horas más de ferrocarril. Al llegar a Carmona he recorrido todas las calles y le he dado la vuelta a la ciudad; he visitado las bellas ruinas del Alcázar, su puerta me gusta mucho para pintarla a pleno sol; en el interior de las ruinas se ven los restos de una plaza de toros de madera. Las puertas de la ciudad son pintorescas. Las casas están todas encaladas y un hombre al pasar por las callejas pone, con su sombra, una mancha negra en los muros. Lo lavan todo; he visto a una mujer vieja fregar con una escoba el empedrado de la calle. Estos últimos son terribles y no hay aceras. En algunas calles se ven plantas exóticas sobresaliendo por las tapias de los jardines. Carmona está muy elevada y domina un magnífico paisaje. Se ven los Alcores destacando sobre un espejismo de montañas en lontananza. Puede verse a lo lejos las montañas de la Serranía de Ronda e incluso las de Granada. Muchos detalles me atraen para venir a pintar aquí: la puerta árabe del Alcázar, una calle totalmente encalada, con mujer blanqueando; los alcores en el horizonte; el patio de una iglesia con naranjos y columnas que soportan arcadas de forma árabe, etc. A medio día he estado en un restaurante sin nombre, en la calle de Prim; está muy bien, y es también casa de huéspedes, a 4 pesetas por día. He tomado el tren de las 7 de la tarde en otra estación (hay dos estaciones en Carmona) y he llegado a Sevilla por la estación de Cádiz sin haber cambiado de tren”.

Menudearon las visitas y como suele ocurrir en una población que por aquel entonces estaría muy poco acostumbrada a ver extranjeros, muy pronto despertó en nuestros paisanos su curiosidad por lo exótico; más si su actividad consistía principalmente en montar su caballete y pasar las horas dedicado a algo tan atractivo, tan mágico y tan prestigioso como es para un profano ingenuo el ejercicio del plein air cuando es otro el que lo practica y muy especialmente un forastero.

Juan Fernández López

El “pintor inglés”, como todos le llamaban, frecuentaba el patio de naranjos de la iglesia de Santa María que era sometida entonces a una restauración que la despojó del sudario de cal que, tiempo atrás, había cubierto sus muros y ornamentos por decisión de un párroco, cuyo nombre no viene al caso y que ya fue denostado en las noticias que nos legaron personas de gusto y cultura intachables. El que era párroco en aquel momento, Sebastián Gómez Muñiz (no se confunda con el encalador), trabó relación con el artista e incluso llegó a pedirle que le hiciese un retrato (petición que por supuesto fue gentilmente atendida), y también, seguramente, le facilitaría el conocimiento de algunas personas interesantes de nuestra de ciudad.

Una de estas personas, José Vega, padre de Carmen Vega Ledesma que llegaría a ser discípula de Bonsor y cuya breve pero deliciosa obra pictórica puede contemplarse en el Museo de la Ciudad de Carmona, conociendo el gran interés de Bonsor por los monumentos y antigüedades de la ciudad, le presenta a los hermanos Juan y Manuel Fernández López, farmacéutico y médico respectivamente, y aficionados a la historia y al coleccionismo de piezas arqueológicas (o “antigüedades” como entonces se llamaban).

De Juan Fernández escribe lo siguiente:

“Don Juan tiene una colección de monedas romanas encontradas en el lugar, de oro, plata y bronce, muy bellas; también tiene algunas antigüedades romanas. Carmona debería ser conocida por la localidad donde se encuentran más chicas guapas modernas y más antigüedades romanas. Es un hombre amable, me ha regalado una pequeña urna encontrada cerca de la carretera de Sevilla, y una pequeña botella. Me ha dicho de un sitio donde hay un gran sepulcro romano con pinturas y dibujos”.

Luis Reyes Calabazo

El conocedor y casi podríamos decir descubridor de este sepulcro y otras madrigueras funerarias, Luis Reyes alias Calabazo, era un pintoresco personaje dotado de una inteligencia silvestre nada común y un aspecto, a juzgar por la fotografía que de él se conserva, que prueba muy a las claras la existencia en su prosapia de un fauno antepasado no muy lejano. Calabazo suministraba hierbas medicinales al boticario y de vez en cuando, tanto a éste como al párroco de Santa María, piezas romanas encontradas en sus correrías subterráneas. Aunque no se hizo de rogar para presentarse al inglés interesado en la tumba, (y de hecho fue aquella misma noche a buscarle a la pensión en la que se hospedaba), se mostró algo reacio a revelar toda la información sobre su mina de tesoros que, si bien modestos, tan seguros beneficios le proporcionaba. Pero he aquí que el dinero, una vez más, demostró sus extraordinarias virtudes para abrir las puertas selladas y desatar las lenguas más discretas. No incurriremos en el mal gusto de contarles a cuánto ascendía el presente ofrecido por Bonsor, pero sí le diríamos que la cantidad superaba con creces las expectativas más optimistas de un jornalero de aquellos años del siglo XIX. De manera que Calabazo llegó a convertirse en hombre de confianza y capataz de los obreros que trabajaron en las excavaciones. Por lo demás, su intuición y su conocimiento previo del terreno fueron de una ayuda inestimable para el investigador; porque hemos de decir que desde ese momento, Bonsor cambió su vocación de pintor por la de arqueólogo o, al menos, dedicó más tiempo y energías a esta última.

Bonsor en las excavaciones de la necrópolis romana de Carmona

“Fue la fuerte impresión que me produjo penetrar en esta cámara funeraria y contemplar sus portentosas pinturas cubriendo la totalidad de la superficie de sus paredes la que me hizo decidirme, conmovido, a consagrar mi vida a las investigaciones arqueológicas…”

La tarea de devolver a la luz lo que llevaba siglos bajo tierra; de reconstruir la vida de aquellos hombres del pasado a través del siempre misterioso sentimiento de la muerte, común a todo ser humano de cualquier época, había comenzado. La Necrópolis Romana llegaría a convertirse en un referente y Carmona ganó su sitio en el mapamundi de los lugares arqueológicos singulares. Por supuesto don Jorge, pues así le llamaban sus vecinos, hizo más excavaciones y descubrimientos, muchos de los cuales pusieron de manifiesto que, en cuanto al pasado de los habitantes de este sitio, los romanos no eran ni con mucho los más antiguos.

Pero dejemos ese capítulo para otro momento.

Antonio Laula, 2020

Deja una respuesta

*