José Arpa: la luz nómada

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José Arpa Perea, la luz nómada.
Carmona 1858 – Sevilla 1952.

Tributo a Arpa, Manuela Bascón, 2005, Óleo/lienzo 120 x 90 cm.

Qué legado de jugosas chumberas colmando lomas y planicies de campos y caminos en torno al Corbones, nos dejó José Arpa en sus cuadros. De él me acuerdo cada día que paseo por esos lares, pues las chumberas de hoy han quedado reducidas a un revoltijo de troncos retorcidos y grises por culpa de la cochinilla roja… Para disfrutarlas, hay que ir al Museo de Bellas Artes de Sevilla, a la Sala de los pintores Sevillanos. Sin embargo, aún nos queda la luz. Esa luz de aquí que tanto amaba Arpa.

Pero Arpa es mucho más que eso. Fue de los pocos y privilegiados que consiguieron una beca de estudio para pasar una buena temporada en Roma pintando. El sueño de cualquier joven pintor de entonces y de ahora.

Cuadro de José Arpa pintado durante su estancia en la Academia de Roma en 1884

Su longeva vida, entre cuna humilde y final consagrado como artista, estuvo marcada tanto por su continua preparación y constancia en la pintura, como por sus idas y venidas a América, su segunda casa, durante su época de madurez. Y fue allí, junto a la vista del Gran Cañón, donde logró definitivamente su maestría, esa capacidad que solo tienen los grandes para captar la esencia del paisaje, la luz, la perspectiva, y orquestarlo todo. Y aplicó siempre esa luz de fuera más otra única e inimitable: la proveniente de su propio interior, sobre los cerros cortados, sobre los edificios, sobre los muros encalados, sobre el campo y sus accidentes, sobre escenas domésticas o folclóricas. Ese canto al costumbrismo que aquí tanto caracteriza la obra de Arpa sedujo al joven camonense Manolín Fernández que tuvo la fortuna de ser su pupilo y aprendiz por los años cuarenta, dejando parte de su sello en la carrera de pintor costumbrista que desarrolló después.

A su retorno, al final de su vida, cultivó con frecuencia y generosidad el género del retrato de amigos cercanos, como el de Eduardo Paso, bohemio y decorador de lugares tan emblemáticos como nuestro Teatro Cerezo.

Paisaje con chumberas de los alrededores de Carmona, José Arpa, Óleo

En palabras de otro gran coetáneo de Carmona, el escritor José María Requena, Arpa tiene como predilección en sus lienzos “la callejuela estrecha y señorial, la plazoleta entrañable, el patio pleno de sol al mediodía y sobre todo el paisaje donde todo es naturaleza». Lo que más practicó, fue la pintura a plein air, uno de los mayores placeres de los pintores desde el penúltimo siglo tras el simple invento de la pintura entubada «pret-a-porter», siendo esta una de las causas, si no del nacimiento, al menos sí del crecimiento del Impresionismo…. Y es que recuerda mucho al impresionismo de Monet su obsesión por pintar la monumental Puerta de Sevilla bajo diversas luces, y en su Algarada, dejando constancia de su amor por lo que permanece a pesar de todo y de su temor concreto por ella, tan amenazada de cambios en esa época por exigencias urbanas. La pintaba tanto aquí como en la distancia, y hasta en algunos autorretratos aparece de fondo, como un escenario raíz con el que se identifica.

Casa natal de José Arpa Carmona

Todos los datos biográficos y obras están recogidos en la magnifica publicación a modo de catálogo razonado que Juan Lacomba le dedicó en 1998 (con motivo de una gran nuestra de su obra en la Sala Villasís de Sevilla), y en la tesis doctoral de la profesora de Historia del Arte, Carmen Rodríguez Serrano.

Cuando me vine a Carmona, allá por el año 2000 quise comprar su casa de nacimiento y convertirla en mi nuevo estudio. Fue una gran tentación y una fantasía que pude haber convertido en realidad, pero después, desistí, porque no era en esa casa ni en esa calle sombría, donde se hallaba el germen de su arte, ni su luz, sino en los campos abiertos a la Vega y en muchos escenarios urbanos remotos que aún conserva esta pintoresca ciudad de Carmona.

Manuela Bascón Maqueda, pintora

Abril, 2020

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