La Estrella de Vandalia de Fernán Caballero

Retrato de Cecilia Böhl de Faber, Fernán Caballero, por Valeriano Domínguez Bécquer, 1858. Óleo sobre lienzo, 50,30 x 37,50 cm, Madrid, Museo del Romanticismo.

Hay novelas a las que el tiempo convierte en meras curiosidades cuyo interés raramente tiene que ver con lo literario. Tal es el caso de La Estrella de Vandalia, obra que Fernán Caballero compone en los años 50 del siglo XIX a raíz de una estancia en Carmona, donde residía Francisca de Castro Ruíz del Arco, sobrina de su marido. La novela, que está dedicada a doña Dolores Tamariz (a la que conoce y con la que hace buena amistad durante su visita), representa ante todo una interesante colección de minuciosas descripciones del paisaje, el urbanismo y las costumbres de nuestra ciudad. Además, es una fiable fuente de información sobre elementos que ya se han perdido, lo cual se puede deducir de la cuidadosa y objetiva descripción que hace de los que todavía se conservan.

A través de sus páginas resulta fácil visualizar, por ejemplo, el aspecto del desaparecido Convento de los Jerónimos (donde actualmente se ubica la ermita de la Virgen de Gracia), o el aspecto que tendría entonces el Alcázar del Rey Don Pedro y de cuyo estado de abandono y expolio ya se lamentaba la autora aduciendo que se había convertido en un espacio marginal y sobre todo en una simple cantera de materiales abandonada a la rapiña de los constructores. Llama su atención el gran número de torres de almazara de los molinos aceiteros y se queja de la fealdad “moderna” de la torre del telégrafo óptico situada en el Picacho y que actualmente ha sido sustituida por una réplica de la original. Digamos al respecto que Fernán Caballero sentía una aversión remilgada y mojigata por cualquier símbolo de progreso y su continuo suspirar por las excelencias del pasado llega a resultar irritante. Es por ello que no le da ningún valor a la por entonces casi recién estrenada Plaza de Abastos, uno de los hitos más emblemáticos de la ciudad en nuestros días; un desagrado que se acentúa por el hecho de haberse construido sobre el solar de un antiguo convento: el de Santa Catalina. Pone de relieve la despojada sobriedad de las calles, la austera arquitectura popular (que ha cambiado muy poco en algunas zonas del casco histórico), el sentido ritual y casi obsesivo de la limpieza y señala una especie de brecha social representada por la línea de la antiquísima muralla que
define dos ciudades en una, una sutura simbólica que aún en la actualidad algunos persisten en mantener como signo diferencial.

Extasiada ante el gran paisaje de la Vega, se pregunta cómo ese panorama junto con la ciudad encaramada en un risco frente a él, no se insertaba todavía en los itinerarios famosos recorridos por los más distinguidos y cultos viajeros de Europa. Quizá sea esta la parte que más nos interesa; esta percepción de Carmona como un valor que era necesario conocer y dar a conocer en una época en la que todas las ciudades y pueblos de España aún conservaban prácticamente intactas sus identidades y tradiciones; en la que la fisionomía urbana y monumental de cada localidad apenas había cambiado y en la que el paisaje aún poseía una relativa e idílica virginidad. En medio de ese pintoresquismo homogéneo que ya era casi imposible contemplar sin los anteojos del tópico, Carmona in Vandalia, se destacaba como la estrella de la aurora. Única.

La Estrella de Vandalia de Fernan Caballero
La Estrella de Vandalia de Fernan Caballero

Es obvio que esta novela, como tantos otros relatos de la autora, no es más que un pretexto para recopilar anécdotas, dichos populares, cuentos, descripciones, costumbres… Lástima que Fernán Caballero no hubiese concretado sus intenciones en un civilizado diario de viaje o en una crónica epistolar. De haber sido así, hoy nos resultaría un texto más grato de leer y nos hubiésemos ahorrado un buen puñado de falacias y gazmoñerías muy propias de su mente ultra conservadora que si bien son disculpables desde la confesión personal o la confidencia íntima, resultan lamentables cuando te reservas el papel de deus ex machina de tus personajes. El encorsetamiento social y moral había sido tan voluntaria e insensatamente aceptado por ella que era incapaz de de desarrollar una verdadera agudeza; por no hablar de su completa falta del sentido de la ironía; ese sentido tan imprescindible cuya tonalidad siempre relativiza cualquier opinión que corra el riesgo de convertirse en una sentencia tautológica. Por el contrario, el lector debe sufrir una vez y otra la constante intromisión de la autora que a falta de la facultad de pensar de sus personajes les presta a todos el suyo propio y único, sin distinción de clase, cultura o condición de los mismos.

Por supuesto que un autor tiene derecho a sus ideas, pero también tiene el deber de tratar a sus personajes como auténticas personas. Querer a los personajes de tu novela como se quiere a las figuritas de un nacimiento es una falta de respeto que acaba destrozando el relato. No puedes colocar al pastorcillo en el peor lugar de Belén y pretender convencerte y convencer al lector de que allí es muy feliz. Eso sólo lo hacen los niños porque en realidad les importa muy poco la vida del pastorcillo.

En el mundo sin tercera dimensión de Fernán Caballero el pobre es feliz en su pobreza, el rico en su riqueza, el príncipe en su palacio, el mendigo en su esquina, el hijo obedeciendo un padre que es un perfecto imbécil, y la virgen casadera soñando con servir sin desfallecer al hombre que le toque en suerte. Un delirio idílico que sólo puede justificarse con una recurrente cadena de razonamientos falaces en cuyo fondo yace la semilla de un egoísmo feroz.

Calle Fernan Caballero en Carmona
Calle dedicada a la autora de La Estrella de Vandalia Fernan Caballero en Carmona

Su mundo deliberadamente plano no admite ese volumen interno que llamamos psicología del personaje. Mas la ausencia de psicología en los personajes de esta novela no es una torpeza de la autora, es una verdadera coherencia ideológica. Cuando Fernán Caballero arremete contra la corriente realista y sus tempranas incursiones en el campo de la psicología (y estas arremetidas son muy abundantes en La Estrella de Vandalia), lo hace con un desdén que sólo sería soportable si no estuviese envuelto en una pegajosa cápsula de compasión hipócrita. Sólo le faltaría añadir suspirando, y muy caritativa, que reza cada noche por la salvación de esos escritores descarriados. Para que todo funcione a la perfección, la vida, según ella, ha de tener la planitud rígidamente compartimentada de una ilustración medieval. Así, el único código que hay que manejar es el de las jerarquías de ubicación y la virtud queda reducida a la simple observancia de los limites del casillero que el destino te ha reservado. Y todos felices.

Ahora podrían preguntarme: “¿Pero realmente ha disfrutado usted con esa lectura?” Y yo intentaría responder con la misma desenvoltura que la famosa Moll Flanders en la novela homónima de Daniel Defoe. En cualquier caso lean La Estrella de Vandalia y saquen sus propias conclusiones. Una segunda opinión siempre es de agradecer.

Antonio Laula, confinado en Carmona.
Abril de 2020

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