Santa Clara y El Santísimo Sacramento

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Interior de la capilla desde los pies.

Hablar del convento de Santa Clara de Carmona es hablar de sus ricos dulces; de sus misas, animadas con bellos cánticos; de ofrendas de huevos los días previos a las bodas; de la simpatía y la entrega de las hermanas; hablar del convento de Santa Clara de Carmona es hablar de una comunidad viva que a lo largo de los siglos ha sabido mantener a salvo uno de los espacios conventuales más importantes de Andalucía. Al hablar de “Santa Clara” cualquier vecino de Carmona pensará inmediatamente en ese gran convento de su ciudad, pero este texto está dedicado a la figura de Santa Clara de Asís, a su amor por el Santísimo Sacramento y a las imágenes que de ella se guardan en la casa de las clarisas de Carmona.

Las representaciones de Santa Clara son muy numerosas en el convento: desde la discreta imagen de piedra que nos da la bienvenida rematando la doble portada exterior, hasta la gran escultura que preside el retablo de la capilla, obra del insigne Felipe de Ribas. Son muchas las imágenes de la titular que podemos encontrar repartidas por las diferentes estancias, pero todas tienen algo en común en su iconografía: siempre vemos a Santa Clara portando el Santísimo Sacramento.

Retablo Mayor. Obra de Felipe de Ribas de 1645.

Para comprender la razón por la que Santa Clara siempre va acompañada de la Sagrada Forma hay que adentrarse un poco en su vida y conocer algunos aspectos de la religiosidad de los años en los que vivió. Santa Clara nació en la ciudad de Asís en el año 1194, hija de una familia noble, adinerada y de fuertes raíces cristianas. Clara comenzó pronto a vivir su fe de una forma profunda y rigurosa, con numerosas oraciones diarias y tras escuchar con admiración los sermones de un joven predicador, quiso orientar su vida a Dios siguiendo los pasos de aquel apasionado fraile que no era otro que San Francisco de Asís, quien pronto se convertiría en el guía espiritual de Clara.

Desatendiendo las órdenes de sus padres, Clara se escapó de casa para despojarse de sus ricas vestiduras y comenzar a lucir un pobre hábito franciscano, siendo ya un miembro más de la Orden de los Hermanos Menores. En 1212 Clara y sus hermanas se instalaron en la iglesia de San Damián, lugar que sería la casa de Santa Clara hasta su muerte y el primer convento femenino de la Orden.

Santa Clara en la primera planta de la Torre Mirador. Siglo XVII.

La vida de Santa Clara giraba en torno a Cristo y su amor a Él. La fe y la devoción por Cristo en su forma eucarística marcaron la vida de Santa Clara en una sociedad que aún vivía en contradicciones con respecto al Santísimo Sacramento; aunque desde algunos siglos atrás se defendiera con firmeza el dogma de la presencia de Cristo en la Eucaristía y el culto de la Santa Reserva, aún no se había llegado a implantar en la sociedad la práctica común de la Comunión. Los Papas y los Doctores de la Iglesia luchaban por una Comunión frecuente, pero el pueblo no era muy dado a comulgar, aunque hubiese decretos escritos sobre el tema. Las órdenes religiosas también tenían normas sobre esta práctica. Las reglas de Santa Clara, por ejemplo, hablaban de la obligación de comulgar siete veces al año, aunque todo hace pensar que las comuniones serían más frecuentes entre las comunidades religiosas y mucho más, por supuesto, en el caso excepcional de Santa Clara.

Santa Clara en la planta baja de la Torre Mirador. Siglo XVII.

Aunque no hay datos exactos sobre la asiduidad con la que Santa Clara recibía la Comunión, sí se sabe que, girando su vida en torno a Cristo y al Santísimo Sacramento, la alegría y el fervor de recibir la Hostia Consagrada la elevaban hasta alcanzar experiencias casi místicas. Se conservan textos donde se describen sus experiencias al recibir a Jesús Sacramentado: “…cuando iba a recibir el Cuerpo del Señor, primero se bañaba en ardientes lágrimas…”. “…y lloraba copiosamente, sobre todo cuando recibía el Cuerpo de nuestro Señor Jesucristo”. “Madonna Clara se confesaba frecuentemente y con gran devoción y temblor recibía el Santo Sacramento del Cuerpo de nuestro Señor Jesucristo, hasta el extremo de que, cuando lo recibía, temblaba toda”. “Tan gran beneficio me ha hecho Dios hoy, que el cielo y la tierra no se le pueden comparar”.

Santa Clara en una de las vitrinas del coro alto. Siglo XVII.

Santa Clara y sus hermanas, en su afán por difundir su amor a Cristo y al Santísimo, tejían corporales con delicadas telas para guardar la Sagrada Forma y los regalaban a diversas comunidades de la zona. Del mismo modo los franciscanos hacían pequeños ciborios que custodiaran el Cuerpo de Cristo. Con estas muestras de amor al Santísimo, no debe extrañarnos que Santa Clara siempre se nos muestre, desde los primeros momentos, portando en una custodia al Santísimo, pero esta iconografía puede tener una doble lectura. Es cierto que podemos entender el gesto de Santa Clara como de adoración o veneración, pero el que es quizás el episodio más famoso de la vida de la santa nos la muestra de una manera mucho más desafiante. El suceso que narramos a continuación es el motivo por el cual se explica normalmente la representación iconográfica de Santa Clara.

Tríptico Franciscano con Santa Clara en el centro. En el refectorio. Hacia 1760.

Corría el año 1240 cuando el emperador Federico II (conocido como “el estupor del mundo”), en su enfrentamiento con el Papa Gregorio IX, sitió la ciudad de Asís con un ejército de Sarracenos. Estando enferma en cama Santa Clara, las tropas sarracenas se acercaron a las puertas del convento de San Damián y, cuando todo parecía perdido, Santa Clara ayudada por sus hermanas tomó el Santísimo y, postrada ante Dios con lágrimas en sus ojos, oró al Señor “guarda Tú a estas siervas tuyas, pues yo no las puedo guardar». Entonces una testigo oyó una voz dulce que decía «¡Yo te defenderé siempre!». Santa Clara rogó también por la ciudad diciendo «Señor, plázcate defender también a esta ciudad», y la misma voz sonó y dijo «La ciudad sufrirá muchos peligros, pero será protegida”. Santa Clara se volvió a sus hermanas y les dijo «No temáis, porque yo soy fiadora de que no sufriréis mal alguno, ni ahora ni en el futuro mientras obedezcáis los mandamientos de Dios». Después de esto los sarracenos sintieron el poder de Dios en la forma de un fuerte viento, huyeron del convento y se marcharon de la ciudad sin causar mal ni daño alguno.

La Procesión de Santa Clara. Valdés Leal, 1653. En el Ayto. de Sevilla (Foto de Wikipedia).

Este conocido milagro, junto al amor y a la adoración incansable de Santa Clara por el Santísimo, dio pie a la representación más común de nuestra protagonista y así se contaba en uno de los grandes lienzos que Valdés Leal realizó en el año 1653 para el convento de Santa Clara de Carmona.

Tristemente el conjunto de lienzos del maestro Valdés Leal ya no puede ser admirado en el majestuoso espacio conventual de Carmona ya que fue comprado a la comunidad de clarisas por Jorge Bonsor en 1910. Este conjunto de enorme valor artístico fue en parte readaptado tras su compra, con la modificación de algunos lienzos.

Disposición original de las obras según estudio de Gabriel Ferreras Romero y Ma del Mar González González del IAPH.

Hoy las obras se encuentran repartidas en la colección Juan March (Palma de Mallorca) y en el Ayuntamiento de Sevilla. Las dos obras que a nosotros más nos interesan (La procesión de Santa Clara y La retirada de los Sarracenos), tras ser adquiridas por Bonsor, las compró en 1929 Archer Milton Huntington, fundador de la Hispanic Society of America, quien las cedió de forma definitiva al Ayuntamiento de Sevilla a quien hoy pertenecen.

Presbiterio de la capilla.

Juan Valdés Leal nació en Sevilla el 4 de mayo de 1622 y la capital sevillana ya se está preparando para una gran exposición que repasará la obra de este magnífico pintor en el Museo de Bellas Artes coincidiendo con los 400 años de su nacimiento. Las noticias publicadas hasta ahora indican que no se ha llegado a un acuerdo para que las grandes obras de Santa Clara vayan a la exposición, pero los vecinos de Carmona nos hacemos otra pregunta ¿podremos volver a contemplar estos maravillosos lienzos en nuestra ciudad?

En el convento de Santa Clara de Carmona, aunque falten las pinturas de Valdés Leal, es fácil imaginar, entre tanta belleza, aquellos tiempos de bonanzas y grandezas barrocas, tiempos contrarreformistas de religiosidad plena. Podemos seguir descubriendo montones de representaciones de Santa Clara repartidas por todos sus rincones mientras observamos la majestuosidad de su capilla, disfrutamos del silencio de su claustro, la intimidad de su coro o redescubrimos su historia con la nueva musealización de su torre mirador.

Rafael Morales

Fotografías por https://www.instagram.com/rafamoralesfotos/

Recuerda que puedes visitar Carmona y el convento de Santa Clara de la mano de Rafael Morales con Adarve http://www.adarvepatrimoniocultural.es